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FOMO, el miedo a arrepentirse

Publicado el 2 marzo 2022 - #Conocimientos

FOMO, el miedo a arrepentirse

FOMO (siglas de <<fear of missing out>>) es el miedo a arrepentirse, a perderse algo. Este miedo al arrepentimiento, puede llevar a una preocupación compulsiva de que podamos perdernos una oportunidad de interacción social, una experiencia novedosa, una inversión rentable u otros eventos satisfactorios.

Recientemente, se ha empezado a denominar el FOMO como una patología. Realmente, el miedo a perderse algo, o a arrepentirse de no haber hecho tal o cual cosa no es en sí mismo patológico, si no que puede ser resultado de una interacción con nuestro entorno importante que nos dé información necesaria para tomar decisiones y aprender de nuestras experiencias.

Sin embargo, cuando hablamos de FOMO hablamos de la preocupación compulsiva, incontrolable y obligada de tener que estar atendiendo a todos los eventos, estímulos, actividades, etc.

Vivimos un momento sociocultural en el que la gente está cada vez más acostumbrada a la inmediatez. Casi todo tiene apariencia de poder conseguirse en el momento. Nos hemos acostumbrado a un entorno en el que tenerlo todo sin necesidad de tener que escoger, rodeados de miles de estímulos que captan nuestra atención sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo, plantea una aparente obligación a responder y actuar ante todo.

De esta forma, se pierde la capacidad para escoger o decidir. Vemos Netflix mientras vemos Instagram y contestamos a un amigo en WhatsApp, cargando nuestra atención y nuestra memoria de estimulación. Nos decimos a nosotrxs mismxs que así es como se hacen las cosas, que hay que estar a todo.

Por el miedo a arrepentirse potenciamos la idea de multitarea cuando, en realidad, no estamos llevando a cabo ninguna de ellas del todo. Estamos a medias con todo.

Pero, además, mientras veo la serie estoy viendo en Instagram como unos amigos están en un concierto, y por WhatsApp hablo con un amigx que me dice que si no voy a quedar para salir de fiesta. Y puedo sentir arrepentimiento por no estar donde están los demás.

No queda espacio para contactar con mi experiencia para escoger dónde quiero estar y qué quiero hacer. Parece que ahora esas cosas no las escogemos nosotrxs y las dictaminan fuentes externas.

Por ejemplo, la serie que hay que ver no es la que te interesa, es la que el algoritmo te dice que está viendo el resto de la gente.

Parece que sólo está bien hecho aquello que nos proporciona placer de forma inmediata. Sólo habré escogido bien si en el momento me siento bien, si no, me habré equivocado. Pero si siempre estoy preocupado por perderme algo, por escoger mal mis planes, seguramente nunca pueda sentir placer por las cosas que hago.

Si siempre estoy pensando en lo que me he perdido, sintiéndome mal por eso, acabaré distrayéndome de lo que estoy haciendo que me podría reportar felicidad o satisfacción. Muchas veces, esto nos aleja de lo que realmente queremos o de lo que para nosotrxs es importante o valioso.

Porque nos centramos más en ser productivos que en vivir. Hacemos las cosas para quitarnos la angustia de no hacerlas, no para obtener algo por hacerlas. Nos angustia tanto perdernos cosas, nos sentimos tan mal con nosotrxs mismxs si no hacemos esto o aquello, que acabamos haciéndolo todo para no sentir esa angustia, ese miedo.

Y al final, no hacemos nada para alcanzar nuestros objetivos. Nos enredamos en una espiral de productividad que nos va distanciando cada vez más de lo que queremos. El efecto inmediato de quitarnos la angustia refuerza en apariencia la noción de que estamos escogiendo bien, cuando en realidad el único criterio que estamos utilizando para escoger lo que hacemos es el de quitarnos el malestar.

Crecer, construirse, escoger y decidir implica aprender a renunciar y a perder.

Cuando somos niños parece que hay millones de opciones y que ninguna de esas opciones tiene unas consecuencias demasiado grandes. Después crecemos y nos damos cuenta de que si queremos tener pareja no podemos a la vez no tenerla. Si tenemos hijos no podemos a la vez no tenerlos.

Por ello, descubrimos que determinadas decisiones van a condicionar nuestra vida, porque van a traer consecuencias con carácter más o menos definitivo. De esta forma, parece que todas las decisiones de nuestra vida van a tener esa importancia.

Por eso hay veces que preferimos no decidir nada, no comprometernos con nada y otras intentamos llegar a todo. De esa manera sentimos que lo tenemos todo, que siempre hay alguna posibilidad.

Así, nos cuesta ver qué queremos porque parece que si queremos algo lo tenemos que querer con todo y que esa cosa nos va a reportar únicamente cosas positivas. Intentamos por todos los medios descubrir la opción perfecta, la que nos libere del miedo a equivocarnos con nuestra decisión, con nuestra elección.

Sin embargo, no hay un trabajo perfecto, ni una pareja perfecta. Cuando queremos estar a todo, no estamos a nada. Evitar sentir FOMO nos convierte en insatisfechos crónicos, sin tolerancia al fracaso, sin responsabilidad en lo que escogemos. Nos aleja de quiénes somos y de lo que es valioso para nosotro.

El problema del FOMO, del miedo a arrepentirse, no es sentir miedo o angustia. El problema es considerar que ese miedo, que esa angustia, son señal de que está mal que nos estemos perdiendo tal o cuál cosa. Nos arrepentimos de cosas que no pasan.

De esta forma, cuando estamos pendientes de las redes sociales o de esa otra cosa que podríamos estar haciendo nos estamos perdiendo la vida (lo que pasa aquí y ahora). Dejamos de contactar con la experiencia y la vida.

La ilustración, como es habitual, es de nuestra directora de arte Laura Calvo.