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Responsabilidad afectiva

Publicado el 1 julio 2021 - #Conocimientos

responsabilidad afectiva

Hablar de responsabilidad afectiva implica hacer referencia a una época dónde lo que se promueve es la instantaneidad, la independencia,  lo rápido y lo sencillo.

Dejamos poco espacio para hablar de las relaciones y de la importancia del equilibrio y de la consciencia de las consecuencias de nuestros actos. Nos acobardamos cuando escuchamos las palabras sentimiento o responsabilidad. Pensamos que es más fácil plantear que “Esto que me pasa no es nada” o “Por qué voy a hablar aquello que me preocupa”. El término responsabilidad afectiva resuena en nuestra cabeza cuando pensamos en aquello que queremos en una relación. O en todos esos posts y stories que hablan de ella.

Pero,  ¿a qué se refiere este concepto exactamente? Lo más probable es que el término nos transporte hacia hablar de las relaciones amorosas. Pero no debemos olvidarnos que la importancia de dicha responsabilidad abarca todo tipo de vínculos afectivos. Siempre se plantea que la comunicación de los sentimientos y de las emociones tiene un gran peso en las relaciones. Pero, entonces, ¿por qué nos cuesta tanto a veces sentarnos a hablar de ellas?

¿Qué es la responsabilidad afectiva?

El origen del término responsabilidad afectiva se encuentra en los años 80. En aquellos años se comenzó a emplear para resaltar la importancia de la comunicación de los sentimientos en las relaciones poliamorosas. A día de hoy, desde una postura feminista, se emplea el término para hacer referencia a la importancia de crear un vínculo sano y equilibrado entre las personas con las que nos relacionamos. Esto se tiene en cuenta tanto en nuestra pareja, como con la familia o amigos.

Crear un marco en el que exista una comunicación adecuada sobre lo que se siente hacia la otra persona permite conseguir una relación sana. Tener en cuenta los actos que se realizan y sus consecuencias en nuestra relación, facilita predecir cuáles pueden dañar a aquellos que nos rodean. Por lo tanto, perseguir comportarse con esta responsabilidad implica tener en cuenta las emociones y expectativas que pueden experimentar aquellos con los que tenemos relación.

A la hora de hablar de este concepto, posicionarse frente al otro en simetría e igualdad, fomentando una comunicación adecuada es de gran valor. Desde esta perspectiva, se entiende que las decisiones y acciones de cada uno repercuten al otro. Esto resalta la importancia de crear un entorno empático donde las emociones y sentimientos no se vean juzgados.

En el momento que comenzamos a entablar una relación (sea de pareja o de amistad) se debe tener en cuenta a la otra persona puesto que lo que hagamos puede llegar a dañarla. Reconocer que somos en parte responsables del cuidado de los vínculos afectivos que creamos facilitará que haya menos malentendidos. Desde la empatía y la cooperación se comparte el sufrimiento, comprendiendo de esta forma que las relaciones que establecemos generan diferentes emociones en los demás.

¿Cómo se construye la responsabilidad afectiva?

En un primer momento puede parecer que comportarse con responsabilidad afectiva sucede de forma intuitiva. Sin embargo, requiere de encaminar nuestras acciones de forma consciente en esa dirección.

En ocasiones, puede que el miedo aparezca cuando queremos hablar sobre lo que sentimos con nuestra pareja o amigos, impidiendo que podamos expresar lo que nos preocupa o lo que queremos. Como ya hemos comentado, la responsabilidad afectiva se encuentra estrechamente relacionada con la comunicación.

De hecho, es el lenguaje el que nos permite establecer una relación afectiva en la que prime la empatía y la reciprocidad. Mediante el leguaje desarrollamos la capacidad de vinculación con aquellos que nos rodean, de ahí la importancia de poder comunicarnos de una forma abierta, estableciendo con honestidad aquello que nos preocupa. De esta forma podemos establecer un marco de relación más horizontal en el que se tenga en cuenta que nuestros actos repercuten en la otra persona y viceversa.

Sin embargo, responsabilidad afectiva no es sólo saber comunicarse o actuar con empatía. Aunque la empatía es uno de los pilares fundamentales puesto que ayuda a poder comprender como se puede sentir la otra persona, responsabilizarse afectivamente implica predecir las posibles consecuencias de nuestras acciones y escoger cómo queremos comportarnos. Esto implica que ser responsables de las consecuencias de nuestras acciones suponga que seamos los culpables de lo que siente la otra persona.

Así, la responsabilidad afectiva se erige como una guía bajo la cuál dos o más personas enmarcan su forma de relacionarse y no una cuestión personal o que se deba exigir. Sin reciprocidad la responsabilidad afectiva no tiene sentido.

Entonces, ¿qué me aporta enmarcar mi relación en términos de responsabilidad afectiva?

La responsabilidad afectiva ofrece a cualquier tipo de relación una base de seguridad estable sobre la que se pueden cimentar de forma segura los vínculos que se establezcan. Así, se construye el respeto, permitiéndonos una mayor coherencia entre nuestros valores y lo que después reflejamos con nuestras acciones en nuestras relaciones.

Por todo ello, cuidándonos y enmarcando nuestras relaciones en responsabilidad afectiva conseguiremos querernos y querer a los demás de formas más plurales, saludables y flexibles.

La ilustración es de nuestra directora de arte Laura Calvo.

Esta entrada de blog ha sido escrita por Silvia Meijide, alumna de prácticas con nosotras en los últimos meses del Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Camilo José Cela.

Ha sido todo un lujo y un aprendizaje colaborar contigo en tus prácticas, Silvia. Muchas gracias por aportarnos tu visión amplia y flexible, por tu trabajo duro y por estar siempre abierta y dispuesta a seguir aprendiendo y creciendo. Te deseamos lo mejor en tu nueva etapa.