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La importancia de los valores El vacío de vivir sin rumbo

Publicado el 8 septiembre 2025 - Sin categoría

la importancia de los valores vivir sin rumbo

Imagina que estás en un viaje, en un campo verde y frondoso, vas caminando, pero de momento tu brújula se rompe y ahora, no sabes cuál es el camino que tienes que seguir para llegar al destino que habías escogido. Los valores son el norte en esa brújula. No son el lugar al que llegas, son la dirección que estás siguiendo. Tener clara tu dirección te ayudará a no desviarte del camino, aunque este se vuelva arduo y complicado. 

Los valores, en si mismos, no son conceptos abstractos, sino decisiones que dan dirección a cómo nos comportamos en nuestra vida, a pesar de las dificultades a las que podemos enfrentarnos. Son como el timón de un barco que se encuentra navegando, si no existiese no podríamos tomar un rumbo. No son algo que podamos alcanzar, como una meta.. Son algo que vamos haciendo, no son meros objetivos. 

Cuando no tenemos claros nuestros valores, podemos caer en la inercia de tomar decisiones pensando en lo que se espera de nosotros y no en el lugar en el que queremos estar. Podemos perseguir metas que no nos satisfacen siguiendo las normas sociales y olvidándonos de lo que realmente nos llevaría a tener una vida plena, según nuestras decisiones. Podemos actuar conforme a los refuerzos inmediatos que pueden darnos otras personas, porque al no tener claro nuestra dirección, nos costará mucho sortear los pequeños o grandes baches del camino. 

Podemos experimentar vacío al llegar a objetivos para los que nos hemos esforzado, teniendo en cuenta que quizás, no estábamos persiguiendo algo que realmente valoramos.

No pueden conseguirse después de un tiempo, no pueden poseerse, ni son situaciones a las que llegar. Son las acciones que nos hacen estar conformes con nosotros mismos. Nunca llegaremos a ellos. No podemos decir “he alcanzado la honestidad” y sentirlo como conseguido, sino que si nuestro valor es la honestidad, tendremos que practicarla día a día, no como un destino al que llegar. 

No están relacionados con sentirnos mal o bien, en el corto plazo, porque hay cosas que hacemos que quizás nos sienten bien, pero que no sean realmente valiosas. Los sentimientos podemos tenerlos o no tenerlos, pero no es algo que decidamos tener o no tener. Los valores, los decidimos, nos dan dirección. Una persona puede valorar la generosidad, habrá días que no le apetezca ser generoso. Si se guiara por sus sentimientos, no actuaría conforme a sus valores, porque hoy no le apetece. Sin embargo, como ser generoso es su valor, decide ayudar a alguien sin que eso le aporte bienestar en el momento. 

Vivir conforme a nuestros valores, normalmente, genera resultados muy deseables que nos hacen sentir bien, pero solo nos ayudan a acércanos a la vida que queremos tener. No nos marcan el camino hacia un resultado concreto. Podemos compararlo con la fuerza de gravedad. La gravedad determina que, si tenemos una bañera llena de agua, el agua vaya hacia abajo y no hacia arriba. La gravedad determina la dirección, pero no el resultado, ya que, si quitamos el tapón de la bañera, el agua se irá por la tubería, cambiará el resultado, pero la dirección de la gravedad será la misma. 

Podemos confundirlos con creencias porque ambas influyen en la forma de construir la idea que tenemos del mundo y tomar decisiones. Las creencias son ideas que tenemos de la vida, tienen por qué ser necesariamente ciertas, pero las asumimos como verdades, a diferencia de los valores que no dependen de lo que creamos sobre la realidad, sino de lo que elegimos que es importante. Por ejemplo, puedo creer que expresar mis emociones me convierte en una persona débil, pero también puedo tener el valor de ser honesto, y por eso elijo expresar mis emociones de manera auténtica. 

  1. “Si tenemos claros los valores nuestro camino será fácil y placido”

Los senderos que recorremos a lo largo de la vida tienden a estar llenos de curvas y de altibajos. A pesar de tener claro hacia donde nos dirigimos, eso no evita que se nos presenten situaciones complicadas, piedras en el camino que nos dificulten nuestro paseo. Tenerlos claros sí nos servirá a la hora de escoger el camino que creamos que es mejor para nosotros a largo plazo, a pesar de ser difícil, al ir andando, nos daremos cuenta de que estamos caminando respecto a nuestro valor. 

  1. “Una vez que identifique mis valores, siempre tengo que actuar conforme a ellos”

Cuando decidimos nuestros valores, estos implican una responsabilidad. Sé lo que quiero y hacia donde me quiero dirigir, sé cuál es mi camino. Esto no implica que no haya ningún momento en el que no podamos hacer algo que no esté alineado con ellos. Si tengo decidida mi dirección, pero en el camino me encuentro la salida que iba a coger, cortada, tendré que cambiar de rumbo. En estos momentos aparecerán emociones, quizás desagradables, que me recordarán que no era por ahí por donde quería seguir mi camino, esto me servirá para ponerme manos a la obra, y corregir mi dirección. 

  1. “Los valores son inamovibles”

Nuestros valores evolucionan a la vez que lo hacemos nosotros, con nuestras experiencias, a lo largo de nuestra vida, hay cosas que eran importantes y al tiempo, dejan de serlo, eso es saludable. No podemos darles importancia a las mismas cosas con 10 años que con 50. Si ves que “les falta algo” ya no te parecen tan importantes, quizás ahora tienes otros valores, que cuestionan a los anteriores. 

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Imagina que vives como un zombi: por la mañana, por inercia, vas al trabajo, de camino miras el móvil, trabajas, comes, miras el móvil, duermes y así cada día. Como si tu cuerpo estuviese presente, pero tú no lo estuvieses. 

Hacer las cosas por inercia sin pensar si quieres decir que si o que no respecto de algo, sigues rutinas que no te gustan y las mantienes por el miedo a cambiar y a enfrentarte al cambio, te quejas de lo mismo, pero no te atreves a cambiarlo o no sabes por donde empezar. 

Cuando vivimos en piloto automático es vivir en ese modo cíclico, como si vivieses una vida escrita por otra persona. ¿Cuál es la trampa? Que nos hace sentir cómodos, pero poco a poco, nos hace tener una vida vacía. Lo bueno es que podemos preguntarnos si la vida que estamos viviendo nos acerca a la vida que quieres

Los valores actúan como un foco, iluminando las decisiones que tomamos. La claridad en lo que valoramos, nos lleva a tomar decisiones más alineadas con nuestra identidad, con quien queremos ser. Nos permiten que prioricemos, que filtremos opciones y que a pesar de no tener recompensas a corto plazo, nuestras decisiones no estén marcadas por la presión social o el miedo, sino por lo que realmente nos importa. Imagina una pareja en la que uno de sus integrantes ya no se siente conforme con la relación que están teniendo, siente que ya no se quieren como antes, pero llevan muchos años juntos y teme a la soledad. Si esta persona valora la autenticidad, lo más probable es que decida comunicárselo a su pareja y en última instancia, terminar su relación. Si por otro lado, lo que valora es la seguridad y la estabilidad, puede que decida mantener su relación, centrándose en las cosas buenas que sí que le aporta. 

Cuando tomamos decisiones sin considerar cuáles son nuestros valores, podemos sentir que no sabemos hacia dónde vamos, aunque desde fuera parezca que todo va bien. 

A veces el dolor es el precio de entrada a una vida significativa. Las cosas que nos duelen nos importan. Esto pasa por ejemplo con las rupturas amorosas y el valor del amor, o con la sensación de estancamiento en el trabajo y el valor de crecimiento y aprendizaje. 

No es casual, en ocasiones el dolor emocional y los valores están ligados como dos caras de una misma moneda. Así, cuando evitamos el dolor, alejándonos de situaciones que pueden parecernos difíciles o complejas, también nos alejamos de lo que más nos importa

La búsqueda de nuestros valores no busca eliminar el dolor, sino usarlo como una brújula hacia lo que realmente importa, pero tenemos que enfrentarnos a los posibles desencuentros que esto pueda provocarnos. Si no asumimos riesgos por miedo al fracaso, también estamos renunciando a la posibilidad de crecer. El foco nunca debe estar en eliminar las sensaciones desagradables, sino en transitarlas para tener la vida que queremos tener. 

Cuando vivimos en coherencia con nuestros valores es más probable que experimentemos bienestar emocional, pero como se explicaba anteriormente, este no es el único ni el principal objetivo de tener una vida orientada a los valores. No tratamos de evitar el malestar, sino de que el esfuerzo tenga sentido. 

Pongamos un ejemplo: una persona que valora pasar tiempo en familia puede sacrificar el tiempo personal para pasarlo con sus seres queridos, aunque esto pueda implicar esfuerzo y cansancio, sentirá el bienestar que le produce haber tomado una decisión significativa y no impuesta. No evitará el cansancio, pero disfrutará de algo valioso para si mismo. 

Podríamos decir que tienen tres funciones principales: darnos dirección, estabilidad y sentido. Nos guiarán no hacia lo que creemos que nos hará felices, sino hacia quien queremos ser. Tener clara esta dirección nos ayudará a tomar decisiones cuando dudemos, nos permitirá mantenernos en el camino que hemos escogido cuando veamos que este comienza a torcerse y a ser complicado. Cuando los valores están claros, podremos enfrentarnos a situaciones tanto fáciles como difíciles, que seguiremos teniendo claro que nuestro camino se dirige hacia seguir en nuestra dirección

Vivir en desconexión con ellos es como caminar por el bosque con una brújula que no marca el norte, a pesar de seguir andando, no tendremos claro hacia donde vamos. 

Volver a magnetizar nuestra brújula, es realmente posible y no requiere grandes cambios, sino pequeños compromisos.

No son recuperables de la noche a la mañana, sino a través de pequeños pasitos que nos dirijan a ellos, que con el tiempo reorientan nuestra dirección.  Estos pequeños pasitos actúan como semillas del cambio, nos permiten salir del piloto automático de una forma realista y poder alinearnos con nuestras prioridades profundas.

No son un lujo filosófico, son herramientas para estar en el mundo. En un mundo que se mueve tan rápido y está tan lleno de estímulos, son el ancla que nos ayuda a no perder el rumbo de lo significativo

Los valores que consideramos como propios, los reconocemos porque generan sensación de coherencia interna, incluso cuando se nos presentan momentos complicados. Cuando actuamos siguiendo nuestros auténticos valores, aunque sepamos que existen incomodidades, tenemos la sensación de que estamos en el camino correcto. Sin embargo, los que vienen impuestos (ya sea por la familia, la sociedad, el trabajo, en general por expectativas ajenas…) suelen venir acompañados de resentimiento, agotamiento crónico y ese malestar en forma de: “Por qué tengo yo que estar haciendo esto?” En estos casos podríamos preguntarnos: Si nadie me juzgara, ¿seguiría eligiendo hacer esto? Los valores genuinos, aunque lo que estemos haciendo no nos apetezca, responderán que sí, los valores impuestos no pasarán la prueba. 

¡Por supuesto! No son estáticos, evolucionan contigo a través de tus experiencias, tus circunstancias, y los cambios que ocurren en ti y en tu vida. Lo que a los 16 te motivaba y dirigía tu vida, a los 40 puede, y es saludable, que sea diferente. Esto no es traicionarse a uno mismo, sino que es crecer y evolucionar. La clave está en su revisión. Ver si sigues yendo hacia dónde quieres ir, y si las cosas que haces te acercan a la vida que quieres vivir. 

Lo primero que debemos hacer en estos casos es reconocer que es normal. La vida no es lineal y, por tanto, cómo orientarla y dirigirla, tampoco lo será. Ante esto podremos jerarquizar, qué es lo más prioritario en este momento e integrar soluciones y acciones que nos permitan ser coherentes con ambos valores. 

Si crees que estás navegando sin rumbo, contacta con nosotros y te ayudaremos a volver a darle dirección a tu vida.

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